Danzar desde los piés hasta las ideas

Gómez García
bailarín de Alma en Movimiento

Antes de convertirme en bailarín fui un estudiante de antropología muy interesado en las distintas maneras en las que las personas se relacionan unas con otras. Me gustaban mucho la fotografía y la imagen, los estudios sociales de la ciencia, sobre todo de la física cuántica y la astronomía, los estudios feministas y la teoría social. Ahora bien, al poco tiempo de entrar a la universidad tuve mi primer contacto con la danza, con la danza contemporánea, específicamente, lo cual me llevó a reflexionar sobre el movimiento y sobre el cuerpo desde un punto de vista antropológico. Siempre me quedaba sentado en las fiestas, porque me daba vergüenza ser tan tieso. Aún lo sigo siendo. Sin embargo, desde esa época comencé a enfrentarme con la danza, una práctica corporal que me permitió conocerme a mí mismo profundamente. Un proceso que ha estado acompañado de muchos retos y frustraciones, pero también de logros y alegrías.

Durante el día asistía a mis clases de antropología, y en la noche a las de danza. Comenzaron a asaltarme dudas sobre las relaciones entre los bailarines, entre los cuerpos y al interior de la danza misma. Me interesé sobre las formas específicas de interacción, mediadas por el cuerpo en movimiento, y las diferencias jerárquicas que existen en un mismo grupo de danza. A través de mi proceso de investigación universitario, comprendí que estas relaciones están determinadas por el dominio técnico y por la capacidad interpretativa-comunicativa del cuerpo como tal. Estas posiciones también se estructuran a paritr de las características físicas de los cuerpos. Por ejemplo, en el mundo de la danza académica, todavía se considera fuertemente que un cuerpo con las condiciones ejemplares del ballet clásico es aquel que potencialmente puede llegar a desarrollar mejor la técnica y la ejecución de la danza. Sin embargo, no siempre los cuerpos condicionados son los cuerpos que pueden interpretar mejor el movimiento, acoplarse a la música, o manejar adecuadamente el espacio. Estas reflexiones me permitieron articular la carrera que estaba estudiando y la práctica corporal que cada día se apoderaba más de mi existencia, produjeron mi tesis de grado y muchos propósitos futuros que quiero realizar con mayor madurez artística, tanto para mi danza como para la danza en Colombia.

Este relato culmina con mi entrada al programa Alma en Movimiento del Teatro Mayor. Ha sido una oportunidad para dedicarme completamente al entrenamiento en danza con el objetivo de convertirme en bailarín profesional, y para decirle a mi cuerpo y a todos los demás cuerpos que me conocen, que este es el camino de vida que quiero seguir –algo que no es muy bien visto en Colombia, sobre todo cuando se es un hombre que danza. Cambié totalmente mis hábitos personales, comencé a pensar solo en danza, a comprar ropa para danza, a cuidar mi alimentación para tener mejor desempeño, a estudiar vídeos para mejorar mi técnica. Mi sueño es tener una amplia trayectoria como bailarín intérprete en una gran compañía profesional de danza neoclásica o ballet contemporáneo. Quiero también investigar sobre la danza, e indagar el material cultural e histórico que tiene mi país para, posteriormente, poder articular todo ese conocimiento en nueva y apasionada producción artística. Vivimos en una época en la que las artes escénicas pueden volverse un aliado a la hora de tejer confluencias entre los distintos sectores sociales de la nación que estuvieron en conflicto desde mediados del siglo XX. Una nación que aún tiene muchas historias y prácticas culturales que pueden transformarse en potentes narrativas artísticas y reflexivas para nuestro país. Hoy todo mi cuerpo danza, desde los pies hasta las ideas.