Enseñar la danza: una responsabilidad conjunta

Podtchikova
Maestros de ballet de Alma en Movimiento

¿Cómo ha sido su participación en el programa?

NADIA: Mi tarea es limpiar pulir y poner a los bailarines bien correctos. Eso les cuesta trabajo, porque ya están acostumbrados a hacer las cosas de cierta manera, tienen mañas que son difíciles de quitar. Mi trabajo es prepararlos para las clases de Jaime, donde van más rápido, y son más bailables. Aún los mejores bailarines tienen pequeñas fallas, de las cuales no son conscientes. Hay que tener mucha paciencia para lograr que los bailarines respondan a lo que uno pide.

JAIME: Yo entré con mucho gusto, desde el primer ciclo. Fue interesante, y difícil, porque hasta ahora arrancaba el programa. Ahora estamos en el tercer ciclo, donde ha habido grandes cambios en la gestión y con la llegada de gente muy interesante. Ha sido luchado, pero vamos para adelante. Siempre he estado a la escucha, y hay que exigirle mucho a los bailarines para lograr cosas: todas las artes son muy difíciles, y el ballet, sobre todo, es muy delicado.

¿Cómo se forma un bailarín a ser profesional?

NADIA: Es un proceso de mucha paciencia, y es muy lento. Por ejemplo, en mi país (antigua Unión Soviética, actual Uzbekistán), se empieza a los ocho años de edad. A medida que pasa el tiempo y que se asienta el entrenamiento, los bailarines ya no piensan en la técnica, sino que deben bailar. Eso es lo que pasa con los profesionales: primero es técnica, técnica y técnica, y, cuando ya están consolidados, es como decía Agrippina Vaganova: “¡Olvídense de la técnica, y bailen!” Hay que llegar a un punto en el que el cuerpo ya ha interiorizado todo lo que debe ser y hacer. A partir de ese momento se trata de expresarse, de sentir la música. No es hacer ejercicio y punto: se trata de gozar, de sentir la música. Uno siempre quiere sacar más perfección, más rápido. Y a veces se tranca, porque los procesos toman tiempo. Hace falta autodisciplina. Eso es lo que diferencia a un bailarín que está en un proceso de formación, de un bailarín profesional. Por ejemplo, cuando a los muchachos del Teatro Bolshoi que están bailando partes principales les preguntan:

–“Usted ayer bailó en el papel principal, y hoy a las 9 ya está en el salón haciendo clase. ¿No quisiera quedarse en su cama?

Y él responde–: Claro, yo quisiera quedarme en la cama. Pero mañana, cuando venga, en mi sitio ya estará otra persona.”

Esa es la competencia, y uno debe estar pendiente de todo. Cansado o no cansado, debe seguir.

¿Cuál es la diferencia entre bailar y enseñar?, ¿cómo se articulan? 

JAIME: Me encanta enseñar ballet. Cuando uno baila, uno tiene la responsabilidad de uno mismo como persona, como artista, como ser humano. Cuando uno se entrena a ser profesor, es otra situación porque uno tiene la responsabilidad de la persona que está al frente de uno, como ahora, en Alma en Movimiento, uno quiere ver resultados. No es solamente enseñarles a ser disciplinados, a que no sean conflictivos entre ellos, que sean respetuosos con los profesores, y también con ellos mismos. Es muy lindo que las personas bailen bien, pero que también sean almas bonitas, que tengan un desarrollo emocional, físico y mental. No es solamente lo que uno da como profesor, sino también lo que los alumnos le dan a uno. Ahí uno ve la disciplina, el respeto y la pasión. Y eso es así en todo: si tú eres atleta, ciclista, si juegas fútbol; por que, si no hay disciplina, todo se vuelve un desorden. Es importante que los profesores dejen el ego a un lado, y se entreguen con amor, esperando que los alumnos sean recíprocos. Cuando uno ve un alumno respetuoso, con las ganas y la disciplina, uno se entrega.

¿Cómo fue la creación de la coreografía Rapsodia en azul?

NADIA: Jaime y yo habíamos hecho coreografías de Balanchine hace muchos años, en Colcultura. Así que nos lanzamos, con música de Serenada, a probar pasos y ritmos, con la ayuda de los muchachos. Ha sido un trabajo conjunto, hecho por todos. La música es hermosa: también por eso hay que hacer las cosas muy bien. Creamos una dinámica de grupo para obtener el resultado que tenemos ahorita. Yo bailo con ellos, y si veo que el brazo no va como debe ir, o que la pierna no está donde toca, es puro sufrimiento. Es como los entrenadores de los equipos de fútbol: ¡al borde del infarto! Pero cuando ya pasa la función, uno queda muy satisfecho. Sí, de pronto hay pequeñas correcciones que hacer, pero sale muy bien. Nos esforzaremos mucho el 17, porque además es el cierre, y la idea es que el público quede contento.

 

JAIME: Yo no sabía mucho de coreografía, yo amaba la danza, pero no era coreógrafo. Comenzamos a hacer cositas en el ciclo II, y el montaje fue creciendo hasta llegar a treinta minutos. Nos inspiramos de Serenada de George Balanchine, y de la música de Tchaikovsky. Ahora se llama Rapsodia en azul, y es más bonito porque es específico de Alma en Movimiento. Yo tengo el ojo de limpiar cosas, de que todo sea más preciso. Con “Pochi”, escuchamos a los muchachos, para que la obra nazca de todo un conjunto. Los bailarines no sólo participan en la parte interpretativa, sino también en la creación. Es un trabajo muy bonito, donde los bailarines entran a sugerir, a opinar, a adaptar. Maurice Béjart, el gran coreógrafo belga, reunía a los grupos con los que iba a trabajar, les ponía música y les decía que empezaran a bailar, y a partir de ahí empezaba la creación. Eso lo hace mucha gente. En el montaje de Serenada de Balanchine, una niña llegó tarde a clase y corrió para entrar a la escena: eso fue algo que quedó en la coreografía. Esos son los momentos de inspiración, y a partir de ellos van saliendo cosas: hay días en los que tienes la mente clara, lúcida y todo sale bien. Pero sobre todo, es trabajo duro, y mucha disciplina.

¿Cómo ha sido trabajar en binomio?

JAIME: Yo a “Pochi” la quiero mucho, la conozco de hace tantos años, desde que llegó de Rusia. Yo fui a Cali, con un profesor que teníamos nosotros del Bolshoi, quien nos llevó a conocerla. Ella estaba con Gloria Castro. Y a partir de ahí nació una amistad que continúa hasta ahora. Ella es una persona íntegra, querida; tiene su carácter igual que yo, y trabajamos muy bien juntos.

NADIA: Para mí no es difícil, porque nosotros estamos trabajando juntos desde los años 1980. Nos entendemos muy bien. Si yo le digo que algo no es así sino que debe ser de otra manera, él me hace caso; y lo mismo cuando él me dice a mí las cosas. Hay mucho respeto, mucha escucha. Trabajamos muy de la mano.